A veces me sorprendo pensando en el origen de su nombre, y me entero que hay un pueblo muy lejano llamado casi igual y entonces repaso la posible historia de sus ancestros y su camino por el mundo, las montañas y los ríos que debieron cruzar para hacerse posibles y cambiar una letra por otra equivalente en este idioma y ya no el suyo; imagino la manera en que el tiempo y la geografía adecuaron su origen y así él y yo nos convertimos en coterráneos y un día nos encontramos hasta que volvimos cada uno a su sitio, ése donde no hay ni habrá manera en que vuelva a existir punto de unión, nunca más. Y les digo gracias.

Y luego me interrumpe el esqueleto de un pez arrastrado a la orilla del mar, intacto y a merced del viento y la sal, porque nada más lo toca, apenas las miradas instantáneas y lastimosas de quienes pasan y se alejan porque a la muerte no se le mira de frente, porque nadie quiere pensar en esos huesos que todos tenemos dentro y que nos sostendrán y un día se desintegrarán, pero qué va, esa no es una imagen que inspire ilusión, y nos enorgullecemos de cerrarle los ojos.

Entonces levanto la mirada y me deslumbra el mismo sol que ahora no parece ser el mismo, pero es que el sol no cambia, me digo, ni lo hace el cielo; cambio yo, me repito. Unas risas agudas me llaman y llego hasta ellos: Mauro es el mayor, tiene diez, su hermano José tiene seis y con sus ojos niños miran el cuerpo tembloroso de un pez aguja que desconoce el exterior y no sabe qué lo está matando más: el anzuelo clavado en su mandíbula, o sus escamas escocidas por el roce con el piso de madera tapizado con sal que alguna vez le dio sabor al mar debajo, o lo asfixiante del oxígeno para el que su cuerpo no está hecho, o la falta de agua, o el arrepentimiento por saber que no debió ir por ese pedazo de comida que sería lo último que probaría y en su lugar prueba la agonía que se extiende cual si fuera eterna porque pocos tienen la fortuna de morir en décimas de segundo.

Me quedo callada unos momentos que parecen horas cuando se mira de cerca el sufrimiento ajeno y es un impulso de saber el que me saca del silencio y le pregunto a Mauro si es la primera vez que pesca y me dice que no, que lo hace desde que era pequeño y que agarrar agujas es fácil, sobre todo en ese lugar cuyo nombre me devolvió a otro tiempo de mi vida y parece que mis ojos lo gritan porque me dice: sí conoces, ¿verdad?, y yo le digo sí, con una sonrisa y medio suspiro, y él me sigue contando que no tardan mucho en morir una vez fuera del agua, que es cuestión de tiempo. José mira de lejos y asegura que la aguja ya murió, pero Mauro contesta no con la seguridad que sólo da la experiencia. El pez salta una vez más y entonces Mauro no duda: toma el bote de metal donde alguna vez hubo carnada y lo azota contra la cabeza del pescado: una, dos, tres veces; golpes secos que terminan con la espera. Cierro los ojos al mismo tiempo que mis oídos perciben los impactos y me enchinan la piel y mi garganta quiere gritar no la mates pero mi cabeza sabe que es lo que toca, y lo sabe Mauro y no lo cuestiona porque así le enseñó su padre que se gana la vida pescando y él lo hará también.

Y luego escucho en loop esta canción que hace años quedó enterrada en mi memoria, pero volvió de la nada para recordarme un pasado que no entendía cuando era presente y para traerme de vuelta a este hoy que se llena del brillo inesperado de una felicidad sin razón aparente más que sentirme libre, como nunca pude y como siempre quise. Sigue sonando en mi cabeza mientras el viento me toca todo el cuerpo, y de ida me impulsa a darle más fuerza a mis piernas y ellas a estas ruedas, y de regreso me ayuda a avanzar un poco más suave, abrazando mi espalda ese aliento invisible exhalado por cientos de sirenas que abandonan las olas por la noche, y no me cantan, pero me sonríen y yo lo hago de vuelta y les digo gracias.

Hoy estoy aquí y todo sigue igual: las calles, los nombres, las voces… todo menos yo: no hay tristeza, no hay nostalgia, no hay dolor, sólo amor que ya es mío y no se irá. Y entonces le digo gracias.

That day

White Lilies Island (2001)

Natalie Imbruglia

 

Sobre el autor /

Mujer, pachuqueña, escritora y correctora de estilo. Dibujo feo pero quiero bonito.

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