I

De camino a la oficina tuve un presentimiento, no sabría decir si era bueno o malo, pero algo me murmuraba quedito en el oído que sería un día distinto. Llegué quince minutos antes que todos, era mi costumbre de los jueves; las lámparas heladas que alumbraban los cubículos todavía hacían ese ruido de recién encendidas, no había teléfonos timbrando y el aire iba ligero de un extremo a otro, entrando por una ventana y paseando entre los privados apenas aromatizados.

Y ahí estaba: sobre el teclado de mi computadora, perfectamente colocado entre la D y la K, un pedazo de papel doblado en dos, sellado con cinta adhesiva transparente y pidiendo a gritos ser leído. No había duda, era para mí, tenía mi nombre al frente; cada una de las cinco letras de mi nombre había sido trazada con mucho cuidado, casi con ternura, no había huellas de arrastre de bolígrafo, todas tenían el mismo tamaño y estaban perfectamente alineadas. Tinta negra, punto fino.

No podía tratarse de un recado de mi jefa o del bromista del piso, nunca nadie se llamaba por su nombre de pila y mucho menos recurría a pluma y papel, cualquier asunto se enviaba por correo electrónico y listo. Arranqué sin cuidado el adhesivo y el mensaje era breve: “Que tengas buen día. L.”.

Ele, ¿quién diablos es ele y por qué me deja un recado? Mi rabieta fue interrumpida por Chava, el guardia, que como un eco me dijo que tengas buen día, y siguió su camino al piso de abajo. Apenas pude responderle gracias, también tú y seguí pensando: ele, ele… meh.

II

Los lunes son de junta a primera hora. Estamos citados a las ocho en punto en una sala con un pizarrón blanco donde se anotan las metas de la semana y las fallas en las ventas de cada empleado, todas con detalle, pero anónimas… como si no supiéramos de quién es cada cuál, aquí todo se sabe. Fui la primera en llegar y apenas unos segundos me bastaron para fijar la mirada en la pizarra que hasta arriba tenía escrito mi nombre, misma caligrafía perfecta; esta vez no me deseaba un buen día sino que se decía “maravillado” de conocerme y compartir “tiempo y espacio”, y que deseaba pronto tener oportunidad de platicar conmigo. Otra vez firmaba “L”. Se tratase o no una broma, tenía que borrar el macabro mensaje.

Las dos horas que duró la reunión observé a cada uno de los asistentes mientras espiaba el organigrama de mi oficina, cómo iba a saberme los nombres de cada uno, si acaso los apellidos, pero en realidad a todos los conocía por su apodo. Ninguno tenía una ele como inicial en su nombre, apellido o apodo. No pude estar tranquila el resto del día.

III

Ha pasado casi una semana sin recaditos extraños en mi escritorio ni en la sala de juntas. He llegado más temprano que otros días para intentar atrapar al supuesto ele, pero no ha habido rastro de nadie. En mi camino a la máquina de café alcanzo a ver una hoja blanca pegada en la pared, habrán escrito las instrucciones para usarla, pienso. Avanzo un paso y otro, otro más y un frío me pega directo en la boca del estómago cuando veo mi nombre en él y al final, “L”. Tinta negra, punto fino, caligrafía perfecta. Ahora es una ¿carta? Sin dudar la arranco y miro alrededor, no hay absolutamente nadie.

Asustada, corro de vuelta a mi lugar y abro un libro para poner allí la hoja y leerla antes de que alguien más llegue. Dice: “Aún no me conoces pero yo te miro todos los días, no me busques entre tus compañeros, no estoy ahí. Sé de ti porque al verte, inmediatamente supe que debía acercarme de la manera que fuera. Admiro el compromiso que muestras al llegar tan temprano a la oficina; sé que amas el color blanco y por la manera en que peinas tu pelo puedo asegurar que eres una mujer delicada, paciente y con mucho que aprender y enseñar; sé cuál es tu café preferido y que cada jueves llegas al edificio más temprano que el resto de la semana. Debes preguntarte quién soy… si me quieres conocer, ve de vuelta a la máquina de café y mira por la ventana: mismo piso, edificio de enfrente. Tendré en las manos un folder verde”.

IV

Hoy no debo levantarme temprano, puedo tomar café mientras enciendo mi computadora y me preparo para lo que viene. Sobra decir que ayer mismo renuncié.

 

Every breath you take

The Police

Synchronicity (1983)

Sobre el autor /

Mujer, pachuqueña, escritora y correctora de estilo. Dibujo feo pero quiero bonito.

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