[bigletter custom_class=»»]Y un día todo se desmorona, mi vida es un montón de pedazos y me empeño en reunirlos para que el viento no se los lleve, los cubro con todo mi cuerpo para que el sol no los carcoma.[/bigletter]

A veces siento que no tengo nada y que nada me tiene a mí. Ni nadie. No alcanzo a ver lo que todos dicen: que no hay piezas faltantes, que no estoy aquí para armar ningún rompecabezas ni para jugar serpientes y escaleras, donde pierdes cuando te crees a punto de ganar, todo por una jodida serpiente.

Me crece la miopía cuando me miro al espejo y no percibo más que sombras y luces prendiendo y apagando en el lugar donde solía estar mi cara. Me han nacido en el pelo caminos blancos que, si hablaran, confesarían todo lo que no dejo llegar a mis cuerdas vocales.

Me siento en silencio durante horas que se hacen días, veo pasar el verano y el invierno sin pensar en los hubiera con los que antes llenaba el plato y me atragantaba tres veces cada día, uno tras otro hasta ya no poder más.

Yo no sé si esto es la vida, si en la ruleta de opciones elegí la más simple o se me adjudicó por alguna no revelada incapacidad de llevar algo más sobre mis hombros que no sea yo misma. Quizá todo es casualidad porque absolutamente nadie obtiene lo que merece.

Ya me olvidé de los sueños que tenía cuando niña, cuando enamorada y cuando renacida. De vez en cuando me despiertan ecos de aquella voz que me pedía arrullos y amor en el insomnio; de vez en cuando mi mano crece para ajustarse al espacio entre mis caderas como lo hacía su mano, pero luego recuerdo que ya han pasado diez años y entonces me obligo a olvidarlo otra vez.

Me dediqué a llenar mi mundo de fantasmas, les compartí mi tiempo y mi cama; tuve para ellos un lugar en el auto y en mis sueños, conversaba todo el tiempo con ellos hasta que uno a uno se fue quedando en silencio.

Intenté por todos los medios no volver a tres palabras: tú, te, contigo. Pero es que últimamente todo se parece a ti: la sombra detrás del auto, la voz que desprende la radio, las manos -esas manos- del cajero del banco. Ya no hablemos de los sueños que te arrastran a mi recuerdo una noche y otra también, memorias de lo sucedido y lo perdido, de lo que no apostamos ve tú a saber por qué.

Y entonces me sorprendo pensando, preguntando si donde estás se mira el cielo así de azul, si el viento de pronto me devuelve a ti, si de casualidad tu nostalgia lleva mi nombre; si también es mi nombre una cadena que no sueltas y no te suelta.

No sé si de vez en cuando sonríes al mirar atrás. A veces creo que en los libros del destino hay un capítulo donde se graban los fracasos y en el mío apareces tú y en el tuyo aparezco yo, en páginas opuestas, distintas, gastadas y vacías, adornadas con el punto final que tantos años quise matar.

Porque resulta que en días como hoy me aferro a los recuerdos, y pasan lentos como el sol en el desierto, y de la nada me veo a mí misma en una carretera recta e interminable, parpadeo y ya estoy en un avión saltando un par de husos horarios, tres segundos después y miro de nuevo mi cara cansada frente al espejo.

Esta soy: la que un día sin aviso se derrumba y vuelve a pensar en ti.

 

Feel you

My Morning Jacket

Sobre el autor /

Mujer, pachuqueña, escritora y correctora de estilo. Dibujo feo pero quiero bonito.

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