[bigletter custom_class=»»]En días malos le temo al silencio, pero también a las palabras; por eso hago el recuento de los años y de todo lo que he perdido en el camino con música de fondo. Entonces canto, a veces bailo.[/bigletter]
Me he quedado en shock cuando la vida parece disfrutar mientras me arrebata lugares y personas que más de una vez me salvaron del abismo; y no puedo llorar, pero canto, a veces bailo.
Elegí esta canción un día que no quería escuchar música de fiesta ni de guerra, tampoco de amor o desamor. Me atrajo su color, una mezcla entre azul y naranja, entre frío y calor. No le conferí el deber de hacerme feliz, al contrario: quería que fuera mi canción para deshacerme en lágrimas cuando éstas parecían aferrarse con uñas y dientes bajo mis párpados y no hacían más que atarme un nudo en la garganta.
Me dejé envolver en cada segundo, exploré todas las capas de sonido y analicé la manera en que me llenaba de calma sin llevarme a otro lado, sin invitarme a cerrar los ojos ante el derrumbe del exterior.
Escucho esta canción en espiral cuando no puedo pensar, o llorar, o enfilarme hacia cualquier camino que me lleve lejos de aquí, porque para andar sin brújula ya tengo el día a día. En ella encuentro una tristeza que sabe dulce y mágicamente se vuelve reconfortante y me abraza desde los oídos hasta las memorias.
Sonate pacifique tuvo la (mala) fortuna de convertirse en mi soundtrack de la desesperanza, y al mismo tiempo ser un bálsamo que no sé cómo explicar. Está destinada a ser la base sonora que se reproduce una y otra vez -incluso en el silencio- cuando no entiendo la vida y le reclamo por la muerte de pedazos míos y por el fin de las cosas que me daban felicidad y sin las que ahora me las tengo que arreglar.
Son estas notas las que he reproducido cientos de veces desde hace algunos años: en el auto que conduzco a ningún sitio, en el insomnio que se mira infinito, bajo la ducha hirviendo con la que intento reemplazar el calor de los humanos que ahora me faltan.
Esta canción y yo nos hemos convertido en buenas amigas sin preguntarnos en realidad quiénes somos, de dónde venimos, ni qué queremos decirnos. Sin juzgarnos, sin reprocharnos. No tiene idea de que recurro a ella cuando estoy cansada de perder a la gente que amo, harta de mirar cómo los asientos al lado mío se van quedando vacíos y no hay una sola señal de que pronto volverán a ser ocupados.
En su compañía me siento libre de desprenderme de la ficción y de la contención a la que me obligo cuando el mundo rechaza a gritos la transparencia, la voz quebrada y la mirada perdida; a su lado he podido domar la ansiedad y recuperar el oxígeno necesario para no colapsar.
Y cada vez que de entre mis brazos se escapa todo aquello que hasta hace poco me alegraba la vida, sé que puedo darle play a esta canción y repetirla hasta ya no sentir que el océano se quiere desbordar por mis ojos, sin lograrlo… Y es entonces cuando canto, a veces bailo.
Sonate pacifique
L’Impératrice
(2014)