Dios sabe que batallé a mano limpia para atraer su mirada, para tenerla sobre mi sombra noche y día, siempre pendiente de mí. Seguía las huellas que dejaba al pasar frente a mi puerta, el aroma del cigarro que fumaba todos los días al volver del trabajo y que sostenía firme con sus dedos y con desdén sacudía de vez en cuando para deshacerse de la ceniza.

Intenté hacerme presente en su vida, plantarme casualmente frente a él en la calle, en el metro; conocía su rutina de principio a fin, los lugares que frecuentaba cada fin de semana, su café favorito, su insomnio, su anhelo. Sabía el punto del horizonte donde sus ojos se fijaban por la tarde, cuando el sol apuntaba directo a sus pupilas y él recibía con una determinación que le regalaba destellos miel a su mirada.

Más de una madrugada me aposté en su ventana mientras él dormía y le confesé todo mi amor en un susurro que deseaba fuera capaz de atravesar el cristal que dividía su frío de mi calor. Me quedaba horas mirando su cuerpo moverse suave en cada suspiro, el sobresalto de sus latidos marcados en el cuello que se me tenía prohibido y lejano.

No podía pasar un día más con el sabor amargo de no tenerlo junto a mí. Ya no lo soportaba. Y entonces decidí cerrar los ojos y escuchar lo que esa voz me había estado sugiriendo desde el día que lo conocí: “Arrástralo hacia ti, mereces tener su cuerpo pegado al tuyo y no pasar un día más sin que te venere. Él desea tu amor pero tú debes llamarlo”.

Miel, esencia de lavanda y jazmín, canela en polvo, pétalos de rosa, incienso de sándalo, semillas de vainilla, velas rojas, una fotografía, aguja e hilo, papel arroz y tinta roja. La santería yoruba sería mi guía de amor eterno, quizá incluiría el amarrado y claveteado, el más poderoso de los rituales para unir a dos personas que se aman. La hechicera me aclaró que esta receta sería efectiva con ese solo requisito: voluntad de los amantes. Él me ama y yo a él, le dije.

Cada ingrediente sería el imán que atraería nuestros destinos para formar uno solo, el que estaba escrito desde el principio de los tiempos. Preparé el cuarto que muy pronto sería de los dos y coloqué una vela roja en cada esquina, una al centro; encendí una vara de sándalo en el norte y otra en el sur; en el mortero de madera vertí el dulce y la flor, su nombre escrito siete veces con tinta roja rodeando su imagen –captada desde mi ventana una mañana en que él tomaba el sol desnudo, hermoso y perfecto, en su jardín-. Mezclé con toda la devoción de la que me sé capaz y recité el conjuro que me fue confiado sólo a mí, destinado para hacer realidad este amor que no hacía sino crecer.

Esa noche dormí profundo. No sentí la necesidad de espiarlo por la ventana ni despertarme antes de que saliera el sol para verlo tomar su primer café del día. Qué tranquilidad, definitivamente así debe sentirse el amor. Nuestro amor.

Comencé a ver, en no más de tres días, los resultados que me fueron prometidos. Él empezó a venir a mi puerta por la mañana y por la noche, por primera vez pronunció mi nombre y miró de lleno su reflejo en mis ojos. Al fin podía verse como yo lo veía a él.

Por las noches lo sorprendía mirándome dormir, con esa sonrisa que tanto me deslumbraba y que ahora me regalaba solamente a mí. Su piel se convirtió en mi frazada hecha a la medida y podía sentir cómo la sangre le corría más rápido por todo el cuerpo en cuanto su nombre salía de mi boca. Esta vez no era un sueño.

Dejó de interesarle el mundo exterior, a veces me lo contaba y lo percibía contrariado, pero se tranquilizaba en cuanto le decía que eso es lo que pasa cuando el amor llega para quedarse, que es exactamente así como fueron escritas todas las historias que ahora se miran diminutas al lado de la nuestra. Eres mi bálsamo, entonces me decía, y me llenaba de besos y caricias y palabras que jamás había escuchado.

La hechicera me advirtió que, si no lo amaba genuinamente, el caos llegaría a mi casa y a mi vida, que no podría volver a dormir tranquila ni deshacerme de él porque el conjuro es para siempre. Y yo no puedo estar más feliz de comprobar que jamás me equivoqué: él me amaba y por fin se dio cuenta.

No hay día en que la gente no me cuestione cómo es que estamos tan enamorados, por qué su mirada ya no se pierde en ningún horizonte sino en mí; quieren saber si ellos también pueden tener un amor como el nuestro. Y yo me limito a contestar que era el destino, que el universo nos trajo hasta este momento y que el aroma del dulce y la flor que emite su cuerpo es justo el imán que el mío precisa a cada minuto y que no importa lo que suceda, su vida y la mía no tienen separación porque ya son una misma, como siempre estuvieron destinadas a ser.

 

I PUT A SPELL ON YOU

En 2017, la cantante y compositora brasileña Iza lanzó su versión del clásico de Jay Hawkins escrito en 1956, que se encuentra entre una de las 500 mejores canciones de todos los tiempos según la revista Rolling Stone.

 

Sobre el autor /

Mujer, pachuqueña, escritora y correctora de estilo. Dibujo feo pero quiero bonito.

1 comentario

  • Sandra
    1 año ago Reply

    Qué hermoso relato!!!

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