Seré directa: te extraño. No hallo la manera de sacarte de mi corazón y mira que he intentado de todo: ya probé despedirme de tu imagen entre el fuego –pero el cobre de tus ojos sigue dentro de los míos-, ya corté por la mitad un metro de estambre rojo para supuestamente separar nuestros caminos –pero desde entonces me descubro repasando con más insistencia lo tuyo y mío-, ya tiré a la basura todos los objetos que dejaste olvidados –pero cómo boto el vacío que me grita que la ausencia es real-.

Escribo esto entre risas porque de lágrimas ya estoy vacía. Evito conversar con alguien porque ya todos están hartos de escuchar tu nombre en mi voz; me olvidé de cómo hablar de mí sin hablar de ti. Sigo tan ridículamente enamorada que sospecho que todos los consejos para olvidarte me los di yo misma y los busqué adrede en los sitios equivocados.

Entre el remolino de tus recuerdos pensé en la conveniencia de mirarlos de frente, porque dejarlos pasar como agua en el río de poco ha servido. Por eso es que decidí hoy escribirte a ti y escuchar música mientras lo hago; elegí el All things must pass, de George Harrison, no sólo porque sé que es tu beatle favorito sino porque el mundo está a punto de ver y escuchar la reedición preparada para celebrar los cincuenta años de su lanzamiento.

(Yo vivía aferrada a que John era el mejor de los cuatro, pero el día que hablamos de esto te escuchabas tan entusiasmado cuando dijiste que prefieres a George, que me di la oportunidad de escucharlo más a detalle y encontré muchas sorpresas.)

Cada canción del disco me lleva de vuelta al día en que lo escuchamos juntos en el piso de la habitación mientras no dejábamos nuestros vasos vaciarse de whisky, y pensé que sería muy acertado convalecer de tu ausencia justamente con All things must pass.

Y mientras escucho, miro fijamente el marco de la ventana que ahora está frente a mí y anoto en una hoja imaginaria las razones por las que sería conveniente dejarte guardado desde ya en el mismo cajón en el que tengo la única prueba de tu existencia, pero también escribo las razones por las que disfruto darle vueltas, una y otra vez, a esos breves años que pasamos juntos. Pero el amor y la vida no se tratan de razones, sino de permitir que las cosas pasen, o no pasen, y se vayan y mueran cuando tengan que hacerlo. Entonces rompo imaginariamente mi lista imaginaria.

Porque la oscuridad y la tristeza no duran por siempre, los temporales pasan, el mundo no deja de girar aunque nos advierta cabizbajos y nostálgicos en el tiempo y la distancia, del mismo modo en que el sol aparece en el cielo y se oculta en el momento justo en que debe hacerlo. Sin más. Sabio que era Harrison.

Quién iba a pensar que estaríamos hoy, de continente a continente, pendientes el uno del otro pero repitiéndonos el mantra de que todo debe pasar, que todo debe morir, para intentar calmarnos, para intentar no extrañarnos y seguir con nuestra vida. Porque sé que también piensas en mí y que hoy estás leyendo esto.

All things must pass

George Harrison (1970)

 

Sobre el autor /

Mujer, pachuqueña, escritora y correctora de estilo. Dibujo feo pero quiero bonito.

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