Sigur Rós: el hechizo de las experiencias cambiantes

Crónica, reflexión y remembranzas del concierto que abre el World Tour 2022

 

Vaka

La esperanza no tiene sentido. O al menos es inexplicable. Vonleska.
¿Qué esperanza podría ocultarse detrás de aquellos cantos? Toda.
Rabia | ikari

 

 

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La experiencia de la música cambia cuando se escucha en directo. Obviedades aparte, estas reflexiones vienen a cuento desde que a alguien se le ocurrió utilizar un rollo de cera, una cinta magnética o una captura digitalizada para conservar la ejecución de una pieza musical que, por sus características originales, tiende a ser efímera. He sido fan de Sigur Rós desde 2002, pero no fue sino hasta el pasado jueves 28 de abril, en el Teatro Metropolitan de la Ciudad de México, durante el concierto inaugural del World Tour 2022, que pude entender en qué consiste exactamente su poderoso hechizo.

Sigur Rós, World Tour 2022. Crédito de la imagen: OCESA

 

Alejandra y yo llegamos temprano a la Ciudad de México, había tenido un día duro en el trabajo y esperé su llegada en la autopista mientras repasaba las dos últimas canciones del álbum ( ), con el que los conocí en mis veinte y me volví fan incondicional. Teníamos cuatro horas por delante y provechamos el tiempo para turistear por la Alameda Central, ver las hermosas pintas feministas del Hemiciclo a Juárez, recorrer un pedacito del Barrio Chino, darnos cuenta de que estamos demasiado viejos para aprovechar la Frikiplaza, y comer por ahí.

Lo interesante es que todas esas acciones tenían un latido subyacente: que veríamos a Sigur Rós por primera vez. Mientras caminábamos tomando algunas fotos del demolido Edificio Juárez, obra de influencia neoclásica del arquitecto José Arnal, vimos algunas plantas creciendo entre las piedras y no pudimos evitar pensar en el video musical de la canción “Vaka”, en la que unos niños con máscaras antigás juegan con las cenizas de un invierno nuclear como si se tratara de nieve, enmarcados por un cielo rojo.

Edificio Juárez florecido, frente a la Alameda Central

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La de Jonsi, Goggi y Kjarri es quizá mi versión personal de Moby Dick o de un pokemon legendario: me refiero a que es la banda más esquiva de mi vida (junto con Blur), una que evadió todos mis intentos por verla en cada una de sus presentaciones en México, desde el fallido Colmena en Tepoztlán en 2008, año en el que Jonsi fue víctima de la venganza de Moctezuma, hasta sus presentaciones en el Corona Capital de 2013 o el Auditorio Nacional en 2017.

Como una especie de augurio inevitable, el inicio del concierto estuvo marcado por una reminiscencia de ese escapismo. El concierto dio inicio a las 8:30 en punto, hora en la que empezaron a tocar la hermosa “Svefn-g-englar”, por primera vez desde hace nueve años, y de la cual sólo pudimos escuchar la última parte mientras los fans más puntuales nos callaban al pasar. Del resto del concierto, no perderíamos nada, por fortuna.

Sigur Rós en México

Sigur Rós: Crédito de la imagen: Liliana Estrada / OCESA

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Escribo esto un día antes de su presentación en el festival Vaivén de Morelos o de sus presentaciones en Guadalajara y Monterrey, por lo que desconozco si el set incluya canciones más enérgicas, pero la del teatro Metropolitan fue una presentación calmada y etérea. La banda eligió una lista de canciones menos estridentes y rítmicas y ninguna de las que yo, iluso, esperaba, como “Hljómalind”, “Hoppípolla”, “Gobbledigook” o “Ísjaki”, mi favorita. En cierto modo, la ausencia de éstas resultaba elocuente por sí misma, enfatizando el predominio de la construcción de una experiencia centrada en la atmósfera más que las canciones de un concierto al uso.

Sigur Rós: el hechizo

Sigur Rós, la espera en el Teatro Metropolitan

 

Esta elección tendía también un diálogo silencioso con el público, quienes buscaban silenciar incluso el menor murmullo y se resistían a hablar o a levantarse siquiera de su asiento, como si el silencio absoluto fuera una condición más para asir hasta el más sutil de los sonidos, ruidos y atmósferas de aquel hechizo. A modo de broma, Alejandra me dijo en un mensaje de Whatsapp que aquel era el concierto más ñoño al que había asistido. No pude sino darle la razón con una sonrisa.

Ný batterí

 

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Tras la apoteósica “Ný batterí”, de Ágætis Byrjun, la banda interpretó las tres primeras canciones de ( ), “Vaka”, “Fyrsta” y “Samskeyti”, que nos transportaron a 2002. Posteriormente tocarían “Gold 2”, un tema nuevo, y la melancólica y lenta canción de la muerte, “Dauðalagið”, en la que alcanzaríamos el segundo clímax de la primera parte del concierto.

A continuación, todos los músicos en el escenario se reunieron en torno a Kjarri para interpretar las emotivas “Fljótavík”, de Með suð í eyrum við spilum endalaust, y “Heysátan”, de Takk, que tocaron por primera vez desde 2008, como si una reunión íntima se tratase.

Sigur Rós: el hechizo Crédito de la imagen: Liliana Estrada / OCESA

Petit comité. Crédito de la imagen: Liliana Estrada / OCESA

 

Tras el intermedio, la segunda parte del concierto, inició con “Glósóli” y la triste “Sæglópur”, también de Takk. Luego vino “E-bow”, en la que Goggi suele utilizar dicho dispositivo para distorsionar el sonido del bajo. Tras dos nuevas composiciones, “Gold 4” y “Angelus 4”, que provocaron el silencio más profundo y concentrado entre la audiencia, vino la última parte del concierto, que incluyó una subida de apuestas nuevamente por composiciones tranquilas como “Andvari”, tocadas alrededor de Kjarri, así como composiciones más enérgicas, como “Gong”, “Festival”, “Kveikur”, y la que suele cerrar todos los conciertos: la devastadora “Popplagið”, cuyas notas iniciales del bajo, a cargo de Goggi, nos tomaron por sorpresa, anunciando el fin del encanto de esa noche.

 

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Entre los aspectos negativos del concierto tengo que hablar de las bocinas y de las luces. Durante la primera parte, una de las bocinas del recinto se saturaba y, aunque eso se solucionó durante la segunda mitad, dejó un mal sabor de boca en pasajes de algunas canciones.

Líneas arriba comenté que la experiencia de la música cambia cuando se escucha en directo, me refería por supuesto a las canciones de ( ), pero también a todas aquellas en las que Jonsi toca la guitarra con un arco o Goggi usa el e-bow. Contemplar la ejecución, las tripas de los sonidos tomando forma frente al público, representó para mí el momento en que la imagen del rompecabezas reveló sus sentidos: los chillidos, las estridencias, las atmósferas; sentí que por primera vez entendía toda esa exploración sonora a la que he rendido devoción por años, y que recuperaba, con ello, mucho de mi asombro.

Debido a estas exploraciones, el sonido de música como la de Sigur Rós depende de que la ecualización sea perfecta para distinguir los ruidos y la saturación intencional de aquello que es mera ruido y saturación. Sutilezas y tragedias esnob, si así prefieren verlo, pero importantes cuando ya has llegado tan lejos.

Sigur Rós: el hechizo

Sigur Rós en el Metropolitan. Crédito de la imagen: Liliana Estrada / OCESA

 

Las luces, por su parte, aunque bien utilizadas la mayoría del concierto, me dieron la impresión de corresponder con algunas malas decisiones propias de un becario. Me refiero al acompañamiento que dieron a ciertas canciones, sobre todo en la segunda parte. Las canciones de pop y rock más convencionales suelen tener una estructura típica (estrofa-coro), pero las piezas de larga duración propias del post-rock suelen echar mano de estructuras in crescendo que estallan hacia la tercera parte de la melodía como una catarsis.

El hecho de que las luces irrumpieran también en ese punto con intención de enfatizar algo que la propia música ya expresaba, se convirtió en una distracción en los momentos en que la música debía tener un protagonismo absoluto. Esto llegó a su punto más chocante durante la interpretación de “Kveikur”, en la que los flashes estroboscópicos obligaron a muchas personas a desviar la mirada o cerrar los ojos.

 

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Cuando comenté esto con Alejandra, sin embargo, respondió que quizá fue una estratagema del propio Jonsi para obligarnos a cerrar los ojos y disfrutar únicamente la música. Esto viene a cuento porque en algún momento, Alejandra notó que todo lo que ocurría en el escenario parecía el plan perfecto del vocalista, a quien googleó tratando de entender un poco más a aquel personaje que se retorcía en el escenario y hacía sutiles muecas de disgusto cada vez que una de las bocinas se saturaba. Tras unos momentos dijo que Jonsi debía ser una especie de genio incomprendido. Le dije que no me lo parecía, viendo la devoción de los fans. Entonces ella corrigió. Algunas de las canciones, me dijo, semejan improbables diálogos entre demonios o ángeles. Otras parecen intentos obsesivos por imitar el sonido de las olas, la nieve, los volcanes o las tormentas.

Sigur Rós: el hechizo

Jonsi en el Metropolitan. Crédito de la imagen: Liliana Estrada / OCESA

 

Recordé entonces un poco la geografía de Islandia, una ínsula cubierta de tundra y lagos glaciares que colinda al norte con el Círculo Polar Ártico y que, sin embargo, está compuesta de basalto y lava petrificada, bajo las cuales el magma vivo se acumula entre dos placas tectónicas. En su pequeña superficie, Islandia alberga al menos 200 volcanes, muchos de ellos activos, que causan sismos y crean numerosos geiseres. Recordé también el concierto itinerante que ofrecieron en 2016, Route One, durante el cual la banda tocó 24 horas mientras viajaban por distintas rutas de Islandia y que se puede ver en su página de YouTube. Quizá Alejandra tenga razón. No es descabellado que Jonsi busque por todos los medios emular esos sonidos; este repentino naturalismo sería también otra forma de entender la propuesta sonora de Sigur Rós.

 

Route One

 

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Este concierto se suma a algunas de las experiencias que deseo no olvidar, y a las que me aferro muchas veces sólo con las palabras. Durante todos estos años, dos canciones en particular han representado mucho para mí: “Dauðalagið” y “Popplagið”. Cuando mi abuelo murió hice muchas cosas, pero una de las que más recuerdo es la siguiente, que ya he consignado en otro lado:

 

“Salí de la casa, subí el volumen de los speakers del walkman y dos canciones de Sigur Rós empezaron a sonar… Estaría ahí al menos 25 minutos. Di una bocanada, lleno de rabia, y lo único era ese canto repetitivo, como una navaja deslizándose lenta por la piel: “Dauðalagið”: canción de la muerte; “Popplagið”: canción popular. En unos minutos Alejandra saldría a pedirme que entrara; yo no querría. Ella se las ingeniaría para hacerme volver a la mesa, para dejar incompletas las canciones, para no acompañar con su insistencia los últimos gritos. El in crescendo y los tambores tronarían en mi interior como una tormenta:
Iusai long iu sai   Ai noua nou iusai   Iusai li nou far iusou…
Dan iu-ú, dan iú da-á.
Tal como preví, Alejandra apareció en la puerta. No insistió tanto como yo creía, sólo me quitó el teléfono y lo apagó. Terminé la canción en mi cabeza.
Ella me miró, y entramos. La esperanza no tiene sentido. O al menos es inexplicable.
Vonleska: el scat islandés de la esperanza.
¿Qué esperanza podría ocultarse detrás de aquellos cantos?
Toda”.

 

R. T. G.

29 de abril, 2022

Popplagið (Live in Reykjavík)

 

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Sobre el autor /

escritor | melómano | locutor | teórico de la industria del ocio | editor @espejohumeanter | columnista @melomano.media | autor de Cuentos de bajo presupuesto y Rabia | ikari

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