Siempre me han gustado los gatos. Cuando era niña soñaba con tener uno, pero mi madre estaba convencida de que eran criaturas narcisistas que ocultaban su instinto asesino. Y así crecí: negada a tener un gato.

Quiero pensar que mi adoración desmedida por los felinos me hizo, en un inicio, tomar con gracia lo que sucedió esta mañana: al subir al transporte que me llevaría al trabajo vi a una niña y a su madre con diademas con orejas peludas en forma de triángulo; “debe ser para algún festival”, pensé. Pero cada persona que se iba subiendo al pesero traía la misma diadema, no sólo niños, también adultos.

Todo se tornó aún más extraño cuando, al llegar a la oficina, mi compañera de cubículo tenía puesta una diadema con orejas de gato y, muy preocupada, me preguntó por qué yo no traía la mía, incluso se ofreció a ir de vuelta a su casa para prestarme una que tenía de repuesto. Yo ya no estaba entendiendo nada.

El colmo fue cuando mi jefe se acercó y me preguntó en voz baja: “¿Por qué no traes tu diadema? Están cerca Los Gatovisores y no podré hacer nada para salvarte”. Al notar mi extrañeza fue directo a su archivero, sacó una diadema con orejas y me dijo: “Rápido, póntela y regresa a tu lugar”.

Al sentarme frente a la computadora, abrí el navegador y busqué: Los Gatovisores. Y ahí estaba: “’Los Gatovisores’, presuntos responsables de ola de asesinatos en todo el planeta”; “’Los Gatovisores’: el nuevo orden mundial”. Básicamente, el mundo estaba bajo el dominio de Los Gatovisores, secta originada en Nuevo México hacía un par de semanas, cuyos integrantes comenzaron a perpetrar asesinatos a lo largo de Estados Unidos y poco a poco en todo el mundo.

Leyendo un poco más, supe que Los Gatovisores seguían órdenes de Leonard Black, quien aseguraba estar viviendo su quinta vida después de haber sido atacado, durante cuatro días seguidos, por felinos de toda clase y tamaño en una excursión por la sabana africana; tras recuperar el sentido en un hospital de Zimbabue, se autoproclamó líder de la secta que nombró por orden de una gran pantera negra y afirmó que su misión era “felinizar” a toda la humanidad, pues las características gatunas eran las únicas valiosas, y para ello cada ser humano debía, como fuera, parecerse a los gatos. De vuelta en Nuevo México, con ayuda de Facebook reclutó a miles de amantes de los gatos que le ayudarían con su misión. La fecha límite para mostrar públicamente adoración a los gatos era el 8 de agosto, Día Internacional del Gato, y tendría que hacerse portando una diadema con orejas de gato.

Yo había pasado veinte días en casa de mi madre, donde no había radio, televisión o internet, y regresé a la ciudad justo hoy, 8 de agosto. Tanto las ideas de Black, como las matanzas y la abducción de millones de seres humanos, habían hecho que casi de un día para otro todos portaran una diadema con orejas de gato en señal de sumisión hacia Los Gatovisores, que además contaban con una célula en cada ciudad del mundo para eliminar a quienes no se sometieran al mandato.

Honestamente, yo preferí ponerme la diadema y callarme la boca luego de asomarme por la ventana y ver a unos encapuchados orejones con escopetas en mano, disparando a quienes no portaban diademas puntiagudas. Al fin que siempre me han gustado los gatos.

 

The Lovecats

The Cure

Sobre el autor /

Mujer, pachuqueña, escritora y correctora de estilo. Dibujo feo pero quiero bonito.

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