Humanos vs Máquinas

El futuro del derecho de autor

La tecnología ha mantenido, desde siempre, una relación histórica, rica y fascinante con la música. Desde el ámbito artístico, ha dado origen a nuevas formas de sonoridad inspiradas en el mundo de las máquinas; al mismo tiempo, las industrias han creado dispositivos específicos que han asumido —y en ocasiones desplazado— tareas tradicionalmente artísticas.

Resulta curioso advertir que el teléfono, ese artefacto hoy casi arcaico, es una de las tecnologías primigenias de muchos de los sonidos que escuchamos en la música actual.

Mucho antes de los smartphones, las personas ya lograban comunicarse mediante complejos sistemas de cables. Al levantar la bocina, se hablaba con una operadora que conectaba manualmente a dos usuarios enlazando líneas de cobre, por las cuales fluía una corriente eléctrica que luego se transformaba en sonido.

Probablemente uno de los primeros autómatas funcionales apareció con la segunda generación de la telefonía, cuando dejó de ser necesaria la intervención humana de una operadora. En su lugar, el usuario marcaba un número girando un dial, cuyo movimiento se traducía en pulsos mecánicos y sonoros que, a su vez, se convertían en impulsos eléctricos. Estos impulsos conformaban un código que identificaba al destinatario de la llamada.

Con la tercera generación del teléfono, el sistema se volvió digital. El dial fue sustituido por un teclado numérico, en el que cada tecla emitía un sonido distinto para construir ese mismo código de identificación entre usuarios. Aquí encontramos un antecedente directo de lo que más tarde sería fundamental en la música electrónica: un lenguaje de identificación sonora. De este principio derivaron herramientas como los teclados MIDI, que utilizan un sistema similar para identificar las notas que ejecuta un músico. Esta tecnología sigue vigente hasta hoy.

El derecho de autor y la llegada de la Inteligencia Artificial

Como puede observarse, las llamadas “inteligencias artificiales”, tan presentes en la conversación contemporánea, han acompañado a los artistas desde hace mucho tiempo, aunque bajo otros nombres y formas.

Probablemente, la primera vez que el término “IA” comenzó a utilizarse de manera explícita en la música fue alrededor de 2013, cuando se implementó software capaz de controlar remotamente consolas de mezcla en conciertos. Los músicos hemos asumido estas herramientas desde hace años; sin embargo, es hasta ahora que su uso ha comenzado a representar un conflicto real dentro del gremio.

La legislación sobre derechos de autor —columna vertebral e incuestionable del negocio musical— es incluso más antigua que la tecnología descrita hasta aquí. Ya en el siglo XV, Venecia fue sede de los primeros privilegios de edición, diseñados para proteger a los editores de textos más que a los autores. Desde entonces se hace evidente el peso del capital y de la industria en la regulación de la creación artística.

Más adelante, en el siglo XVIII, se produjeron dos hitos fundamentales en Europa.

En el Reino Unido se promulgó el Estatuto de la Reina Ana, que por primera vez reconoció al autor como titular de los derechos sobre su obra. En Francia, tras la Revolución, surgió una legislación que otorgó a los creadores derechos morales, consolidando la idea de que la obra es una extensión de la personalidad del autor. Finalmente, el Convenio de Berna de 1886 se convirtió en la piedra angular que hasta hoy regula, a nivel internacional, las dinámicas económicas y simbólicas derivadas de la creación artística.

Lo que comenzó como una protección para los negocios ha servido también para resguardar a la industria musical frente a la creciente marea de música generada artificialmente que inunda plataformas y redes sociales. En México, en 2025, la Suprema Corte de Justicia confirmó lo que la ley ya contemplaba: la protección del derecho de autor solo puede corresponder a personas físicas, por lo que la música creada íntegramente por inteligencia artificial no puede explotarse legalmente como obra autoral.

Sin embargo, la existencia de los llamados derechos conexos —entre ellos el máster, es decir, la grabación de una obra— abre otra vía. Los titulares de la producción sí pueden beneficiarse económicamente a través de plataformas musicales como Spotify, la cual ha sido señalada por numerosos artistas de competir contra ellos al impulsar producciones artificiales y relegar a los creadores humanos.

La legislación del contenido generado con IA

¿Qué podemos esperar en un panorama donde cerca del setenta por ciento de la música disponible en formato digital es artificial?

Mi pronóstico es que ocurrirán varias cosas. Por un lado, los grandes actores de la industria, al asumir que la inteligencia artificial llegó para quedarse, han comenzado a firmar acuerdos de colaboración con empresas tecnológicas para continuar explotando comercialmente el arte. Esto indica claramente que la industria presionará para que la legislación se adapte a estas nuevas dinámicas.

Por otro lado, desde el ámbito tecnológico, nos acercamos a formas inéditas de vulneración del derecho de autor. Ya es posible que una inteligencia artificial contrate, en nombre de un humano, a otro humano para realizar tareas que la propia inteligencia no puede ejecutar por existir solo en el plano digital. Estas intermediaciones ya están ocurriendo. No falta mucho para que un aspirante a compositor, que solo escribe letras y se rehúsa a formarse musicalmente, pase de dictar instrucciones a una plataforma como SUNO a encargarle a un agente de inteligencia artificial que localice a un compositor dispuesto a ceder ilegalmente sus derechos, con el fin de registrar y explotar música que no creó.

En el fondo, esto encarna una nueva forma de explotación del ser humano por el ser humano, en la que las inteligencias artificiales se convierten en aliadas indispensables. En el ambiente flota un olor a esclavista.

Este es el momento en que los activistas del arte se vuelven esenciales para la defensa de los autores. Y, como puede verse, el fin del mundo no se trata de la humanidad contra las máquinas: se trata, una vez más, del hombre contra el hombre.

Sobre el autor /

Tolstói ha sido mánager musical y guitarrista. Dirige un sello independiente para artistas emergentes. Escribe sobre música y produce el podcast "Extinto - Música para después del fin del mundo". Su música mezcla beats contemporáneos con guitarra surf de los sesenta. También escribe relatos cortos sobre el futuro lejano de la Ciudad de México.

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